El nuevo «Rincón de los Oficios» reúne los testimonios de los últimos maestros carpinteros del municipio para reivindicar un oficio que acompañó la vida de varias generaciones de familias grancanarias
La exposición no sólo reúne herramientas y piezas tradicionales, sino también las voces de algunos de los últimos carpinteros que mantienen vivo el oficio. A través de sus recuerdos, el visitante descubre cómo era una profesión donde la paciencia, el conocimiento de la madera y el trabajo artesanal marcaban el ritmo de cada jornada.
Manuel Almeida, de 82 años, llegó desde Moya a Ingenio en 1979. Recuerda que con apenas diez años ya alternaba las horas entre un taller mecánico y una carpintería, aprendiendo el oficio por pura voluntad. En aquellos años, explica, fabricar un dormitorio era un proceso completamente artesanal que requería semanas de trabajo. «Se hacía la alcoba completa: el ropero, la cama, la cómoda, las dos mesillas, las sillas… Había un catálogo y cada familia elegía el modelo que quería para cuando se casaba. Los muebles tallados podían costar entre 10.000 y 12.000 pesetas, una inversión para toda la vida». Con la experiencia de los años, Manuel reconoce que el oficio ha cambiado tanto que llegó a aconsejarle a su nieto, Alejandro, que se dedicara a cualquier cosa, menos a la carpintería, algo que resume el difícil relevo generacional de un oficio que durante décadas fue imprescindible y que hoy lucha por sobrevivir.
Simeón Santana, de 92 años, comenzó con tan solo catorce trabajando junto a su hermano, maestro tallista en Ingenio. Entre sus primeros trabajos recuerda la fabricación de pequeños joyeros que «los jóvenes regalaban a sus conquistas», piezas donde la madera también hablaba de afectos. Jesús Pérez Romero, hijo del también carpintero Agustín Pérez Quintana, le ha dedicado más de cinco décadas al oficio. Su testimonio refleja la profunda transformación que ha vivido la profesión. «Antes todo era serrucho, cepillo y lija. Hoy casi todo lo hacen las máquinas». Para él, el problema no es solo la tecnología, sino el cambio en los hábitos de consumo. «Nadie paga ya el trabajo que lleva un mueble hecho completamente a mano».
La competencia de la fabricación industrial y de las grandes superficies comerciales ha provocado el cierre de la mayoría de los talleres tradicionales. De hecho, apenas queda un carpintero dedicado a este oficio en Ingenio. Sin embargo, Pérez también encuentra un motivo para la esperanza: la restauración de viviendas tradicionales y la conservación del casco histórico obligan a recuperar puertas y elementos de madera que forman parte del patrimonio arquitectónico del municipio.
A sus 77 años, Sebastián Viera Martín recuerda que a los carpinteros se les reconocía fácilmente porque muchos habían perdido alguna falange en el taller y porque, bromea, «eran mentirosos, nunca cumplían la fecha de entrega». Detrás de la anécdota se escondía una realidad: cada pieza requería tiempo y un trabajo imposible de acelerar.
Más allá de la nostalgia, el «Rincón de los Oficios» invita a reflexionar sobre el valor de un trabajo donde cada mueble era único, pensado para durar décadas y acompañar la vida de una familia. Frente a la cultura de lo inmediato, la exposición, que podrá visitarse en el hall del ayuntamiento de la Villa de Ingenio, reivindica la paciencia, el conocimiento transmitido de generación en generación y el respeto por un patrimonio que forma parte de la identidad del municipio.












































